¿Me puede dar un abrazo?

Edición: BP||Directorio     Modelo: Eli Luna || Fotografía: @CarolJAngel
Redacción: Irene Jimenez Garcia

 

Cuando abrazas de verdad y te abrazan con el corazón, se libera la hormona llamada Oxitocina relacionada con el placer y las relaciones emocionales que ayudan a mejorar nuestra memoria, disminuir nuestro estrés, y además, se experimenta seguridad y protección.  

 

Noelia es muy cariñosa. Es de esas personas que necesitan contacto físico a diario. Igual por eso se hizo bailarina de tango profesional.

Lleva sola 13 años. No encuentra el amor. Y eso que ella es como una princesita, tan dulce y cariñosa que despierta una gran ternura en todo aquel que la conoce.

Siempre que puede viste de color rosa. Es una mujer elegante, joven, atractiva, de figura estilizada tras toda una vida dedicada al baile. Se ilusiona con los pequeños detalles, y es feliz viendo los colores del cielo en un amanecer, las ondas del agua que se expanden al lanzar una piedra a un lago tranquilo, y el olor de la ciudad en los días de lluvia.

También lleva consigo en todo momento un libro en el bolso. Su día a día es tan ajetreado que al llegar a casa apenas le queda tiempo para darse una ducha e irse a la cama a dormir. Así que aprovecha el tiempo de los viajes en autobús y en la cola del supermercado para leer unas cuantas páginas.

Sus amigos siempre le dicen que el hombre que dé con ella será el más afortunado y querido del mundo. Pero ella no lo encuentra. Quizá por eso, uno de sus amigos más cercanos le organizó aquella cita a ciegas con Germán.

Al principio recelaba, pero poco a poco fue planteándose otras preguntas: “¿y si no me gusta?”, “¿y si no le gusto yo a él?”, “¿y si no hay química entre nosotros?”, “¿y si nos gustamos?”, “¿y si es el amor de mi vida?”.

Llegó al restaurante diez minutos antes de la hora a la que habían quedado. Quería elegir una buena mesa desde la que ver entrar a su cita. Estaba radiante, con un vestido largo en color rosa palo, adornos de pedrería en plata, su larga melena suelta peinada en ondas y los labios en rojo pasión.

Cuando Germán llegó, a ella le gustó su camisa de lino, que llevase zapatos pulidos de estilo inglés, lo bien recortada que llevaba la barba, y el pequeño brillante que centelleaba en el lóbulo de su oreja izquierda. Al verla, Germán se quedó sin aliento. Estaba tan elegante, era tan guapa, que él se sintió empequeñecer a su lado. Noelia la recibió con una sonrisa cálida y sincera. Él se ruborizó un poco. Se habían gustado a primera vista.

Durante la cena, Noelia le contaba que le encantaría viajar por el mundo recorriendo escenarios en los que bailar, pero que de momento apenas había hecho una pequeña gira con una compañía de baile por Europa, y otra en Sudamérica. Le habló de cine, de literatura, de sueños por cumplir y metas alcanzadas ya en su vida. Le contó que quería ser madre de muchos hijos, que le encantaría transmitirles su pasión por el baile y la música pero que sintiesen también ellos la libertad para elegir lo que querían hacer en su vida.

Germán asentía sin poder apartar los ojos de ella. La escuchaba hablar sobre todas esas cosas que a él no le importaban demasiado; a él le gustan las motos, la mecánica, y competir los fines de semana en deportes extremos de aventura. Al llegar al segundo plato, ya había dejado de estar pendiente de la conversación con ella, y simplemente la miraba y asentía. Estudió sus bonitos ojos castaños, almendrados, con una chispa de luz, que se te clavaban dentro y te atravesaban hasta las entrañas. Se regodeó en la forma perfecta de su boca. “¿Cómo es posible que ese rojo de fresa no se borre a medida que vamos cenando?” Pensó que con esa larga melena, Noelia debía pasar mucho calor en verano. El pelo largo hace sudar mucho, porque cuando él era joven le caía hasta la espalda. Pensaba que ojalá no le dijese de salir a bailar después de cena, ¡con lo patoso que es moviendo las caderas, y ella siendo bailarina profesional!

Al terminar con el postre, una atenta camarera les llevó la cuenta. Germán insistió en invitarla. Aunque ella no se encontraba del todo cómoda con que un hombre le pagase la cena, accedió al gesto de galantería de su cita.

Germán pensaba que después de haber estado escuchando durante la velada, y haberla invitado, Noelia querría continuar con unas copas en algún sitio con menos luz, donde poder intimar. ¡Qué equivocado!

A lo largo de la noche, y a medida que le iba hablando de sus inquietudes, Noelia se había dado cuenta de que Germán desconectaba, estaba ausente. En la puerta del restaurante le dio un beso en la mejilla, se despidió de él diciéndole que la cena estaba deliciosa, y agradeciendo la invitación. Le deseó suerte, se subió a un taxi, y no le dio su número de teléfono.

En el camino a casa, Noelia estaba triste y frustrada. Se sentía culpable. Tenía muchas ganas de llorar, pero quería contenerse para no estropear lo bien que le había quedado el maquillaje.

El taxista la miraba a través del espejo retrovisor.

“¿Está bien, señorita?”

“No. ¿Me puede dar un abrazo?”

El conductor paró el coche. Se bajó. Abrió la puerta trasera. Entró con Noelia. La abrazó. Inspiró su aroma, el olor de su pelo, el tacto suave de la piel de su espalda, sintió la delicadeza de los brazos de ella rodeándole. Durante un instante, se miraron a los ojos, y el tiempo pareció detenerse.

 

 

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Mujer, haz una pausa en tu camino y ¡déjate pensar! @Mujer_Pazcana;revistapazcana@gmail.com; 
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