No tengas miedo a salir de la zona de confort

Edición: BP||Directorio     Modelo: Eli Luna || Fotografía: @CarolJAngel
Redacción: Irene Jimenez Garcia

 

He tenido un malentendido con mi jefe en el que él me ha faltado al respeto. Le he escrito a una amiga mía para contárselo, y me ha dado un consejo: no temerle a salir de la zona de confort. Ahora me doy cuenta de que si quiero cambiar mi situación tengo que cambiarla yo, y no esperar a que las cosas se solucionen solas. Así que empiezo a ponerme plazos reales para ir superando retos.

 

El último lunes de noviembre ha amanecido radiante. ¿Será una señal? Es un día frío, de esos que te congelan la nariz y las orejas al salir a la calle, de los que vas tan calentita con guantes y la capucha del abrigo sobre la cabeza. Y luce un maravilloso sol brillante en lo más alto de un cielo limpio.

 

El día me invita a salir.

Es mi último día de vacaciones. Dos años ya commpletaré y yo trabajando en una empresa de mierda, con unas condiciones laborales de mierda, donde manda un jefe de mierda y donde solamente hacemos mierdas para nuestros clientes. Nueve horas al día que paso en la oficina, cinco días a la semana, por un sueldo de mierda que no me llega para grandes lujos. Aunque si me llegara no tendría mucho tiempo para permitírmelos, con dos semanas de vacaciones al año que negociar con mis compañeros, y dos días que puedo pedirme libres, como este frío lunes de otoño. Por Dios, paso más tiempo en el trabajo del que vivo, del que disfruto con mi pareja en casa, conmigo misma viajando, o con mis amigos riéndonos.

Apetece un té calentito en una terraza al sol, dejando que los rayos se esparzan por mi cara y mis manos, con un paisaje bonito de fondo y de fondo el sonido del bullicio de la ciudad un lunes por la mañana.

Esa es la oficina a la que quiero ir cada día de mi vida. Y la rutina de trabajo que me apetece.

Quiero levantarme sin despertador cada mañana, tirar las colillas del cenicero de la noche anterior y abrir todos los balcones de la casa para que el aire fresco se lleve el humo y ventile la casa. Después quiero bajar a comprar el pan, y unas flores frescas para el jarrón de la entrada. Y sentarme en una cafetería como ésta a tomarme un té verde con leche de soja detrás de otro, leyendo y escribiendo, viendo a la gente pasar, dejándome inspirar por las historias que me sugieren los viandantes.

 

Una vida tranquila, a mi ritmo, haciendo lo que me gusta y se me da bien.

Sé que existen webs llenas de información y cursos para animar a la gente que, como yo, no estamos hechos para vivir al ritmo de los demás. Pero es tan fácil dar consejos a otros sobre cómo salir de la zona de confort que se nos olvida ese temor al salto al vacío, a lo desconocido, al fracaso y a tener que desandar el camino andado y volver a empezar a enviar currículums a empresas, cartas de presentación, emails llenos de buen rollo y sonrisas forzadas. Los temidos “¿y si…?” que nos frenan… ¿y si no me sale bien? ¿y si no gano dinero bastante para vivir? ¿y si no encuentro sitios en los que publicar mis historias?

Desde hace algún tiempo compagino la rutina que me asfixia y me roba la vida en el trabajo con algunos proyectos que me van saliendo como freelance.

Yo elijo los que me interesan y los que no. Y tengo libertad para escribir sin cortapisas.

No hace ni un año que lo hago, y ya gano con estos trabajos casi la mitad de lo que mi jefe me paga al mes. Me pongo mis propios horarios de escritura, leo todo lo que puedo para inspirarme y tomar ideas, priorizo los encargos según la urgencia de cada uno, y rechazo aquellos con los que no estoy de acuerdo por el precio que se paga, las temáticas que se tratan o los criterios que piden.

Cuando empezaba aceptaba escribir a precios de risa por palabra, sobre ideología política opuesta a la mía y sin poder firmar con mi nombre como autora.

 

Ahora soy más selectiva: para hacer bien mi trabajo necesito que me guste lo que hago.

¿Cuánta cantidad necesito, realmente, para ser capaz de romper con todo y lanzarme a vivir la vida que sé que quiero vivir? No quiero ser una de esas personas que se pasan la vida quejándose de que no les gusta su trabajo, de que no tienen tiempo para nada, de que les gustaría cobrar un salario mejor, de que no soportan la ineptitud de sus jefes, y del mal ambiente en la oficina. Oh Dios mío, me he convertido en lo que no quiero ser.

Siempre me había imaginado a mi misma “de mayor” como una mujer independiente, libre, que disfruta de su trabajo porque le gusta y lo hace con pasión, que viaja y conoce gente, que lee vorazmente y que va al cine cada miércoles, que pide café para llevar y se sienta a beberlo en un banco de una plaza viendo a la gente pasar, que se divierte experimentando recetas de otros países en la cocina, que no se pierde un concierto alternativo de la ciudad, que conoce cada rincón cultural, cada museo, cada archivo, cada biblioteca.

 

¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¡Tengo casi 30 años y ni siquiera me gusta el café!

 

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