Promesas atroces

Edición Diseño y Fotografía: Carolina Guzmán Sánchez || @CarolJAngel
Redacción: Ana Pérez Sánchez  Linkedin Facebook

En el romanticismo masculino se acentúa cada vez más esa orilla de lo difícil de establecer lazos afectivos hoy día y la necesidad de ser claros los unos con los otros para evitar malentendidos y rupturas inexplicables.

Después de estar toda la noche dando tumbos, después de tus evasivas, tus buenas palabras y la extraña ambigüedad que rodea todo lo que dices, me invitaste a subir a tu casa. Y yo, que hasta ese justo instante había sabido lo que significaba que una chica te invitara a subir a su casa a las tantas de la madrugada, me olvidé de todo. O se me contagió lo tuyo y ambos jugamos a hacernos los tontos. Pero subí, sin dudar y cagándome de miedo. Valientes idiotas…

Por momentos parecía que algo muy similar a un deseo irrefrenable se te estaba acumulando en la punta de los dedos. Casi podía verlo. Algo que luchaba por salir, podrías haberte abalanzado sobre mí, haberme hecho trizas, hacer jirones de mí… Podría haber pasado de todo pero la nada fue la única respuesta. A mí también se me acumulaba algo, en otra punta, de ningún dedo (…)

Y luego te levantabas, cambiabas de música y volvías a ser la mujer controladora y locuaz que nunca se emborracha. Odiosa.

Ahí estábamos los dos: alargando la situación hasta límites no saludables, estirando nuestras ganas por encima de nuestras posibilidades. No es que fuésemos despacio es que deambulábamos en círculos, cada vez más grandes, más concéntricos.

Iba a ser complicado salir de ahí.

Ojala hubiese intuido que el mordisqueo constante de tu labio superior era síntoma inequívoco de la frustración que se iba acumulando en tu interior, como el deseo: todo guardado para después. Y yo que siempre había bebido para olvidar y tú para celebrar, estábamos destinados a no ponernos de acuerdo nunca, en nada.

Nos hubiese hecho falta un apuntador escondido tras el sillón para que nos dijera que hay también una extraña raza de cobardes que beben para que pase algo. Aunque allí ya pasaba de todo, pero no gracias a nuestras buenas maneras. El whisky no estaba ayudando en absoluto.

Cómo podía yo saber que tú estabas imaginando un millón de primeras veces conmigo… Tú, tan independiente, tan de vuelta de todo, tan fuerte, tan lista… Cómo no iba yo a creerte a pies juntillas, tan tranquila, cuando me dijiste que odiabas compartir tu cama. Pues claro que sí. ¿Qué no crees en el romance a largo plazo? Por supuesto. ¿Qué todo lo referente a las emociones es muy sugestionable y por extensión un engaño constante? Sin duda alguna, lo veo y apuesto 100 más.

¿Qué eso del amor es una cruenta enfermedad que cuanto más te proteges antes la coges? Vale, si… ¿Qué comer es el nuevo follar? ¡No jodas, cariño! Cuanta mentira para sólo dos, para un salón tan pequeño; por poco me matas y sólo estábamos a martes…

En realidad tú estabas sin terminar hasta que te miré, y yo hubiese olvidado mi nombre con el solo roce tu mano. Mis amigos tendrían material para reírse de mí una década entera con lo cursi que me estoy poniendo. Y más que me pienso poner, que les jodan. Les deseo, al menos, la mitad de calambres en el pecho de los que tú me provocaste a mi aquella noche, así lo entenderían.

Entenderían que estar realmente vivo es esto, y duele, a veces.

Continuará… ¿Verdad?

Prométemelo.

***

Nuestro film recomendado de la semana es:

“Quiéreme si te atreves”, porque definitivamente hay que tener valor para amar a alguien.

ATENTAMENTE:

UN MACHO QUE APRENDIÓ A DECIR TEAMO ACERCÁNDOSE A LA OTRA ORILLA.

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