En ese inolvidable verano, perdimos nuestro más preciado tesoro

Edición: BP||Directorio

En esa casa, encontramos de todo, desde un álbum con fotos de muertos sentados en mesas de comedor con toda su familia, hasta una moneda con un águila que parecía muy vieja de lo oxidada.

 

 

Se me debe de haber caído en uno de los rincones de su casa, de esa casa deshabitada ya hace bastante tiempo y dejada al olvido por sus familiares. Julián y yo solíamos sentarnos cada tarde en el muro que daba a la casa de al lado. Nos sentábamos allí, una vez terminábamos los deberes para la escuela. Él solía llevar siempre en el bolsillo izquierdo de su pantalón corto, una colombina que su Madre le regalaba cada vez que terminaba a tiempo sus tareas. A él no le gustaban mucho las colombinas de fresa, esas me las daba a mí, por eso mi día favorito eran los miércoles. Él era mi único mejor amigo y yo era su única mejor amiga.

 

Un día de verano, ya cansados de trepar siempre al mismo muro -llevábamos más de 2 años con esta sádica rutina- y de esperarnos a ver el atardecer, decidimos correr hacia la última casa que nuestra vista alcanzaba a divisar. Calculábamos que estaba a más o menos veinte minutos del muro, eso caminando a buen paso, y fue preciso ese día en que también, a María Estefanía y Lucía Escobar, nuestras vecinas lejanas -a las que apenas las veíamos pasar y a las que sólo respondíamos a su saludo batiendo nuestras manos- que se les ocurrió la misma idea.

 

Ya estábamos llegando al portón de esa última casa cuando ellas también llegaban. Al vernos, se sorprendieron un poco, pero luego fue María Estefanía quien riendo y como rompiendo el hielo, saco de su bolsa una colombina de naranja y una de fresa. A mí se me derritió el alma y decidí entonces, que ella sería ahora mi mejor única amiga y Julián seguiría siendo mi único mejor amigo.

 

Ese verano que fueron como dos semanas nada más, pues luego empezó “de nuevo” el eterno invierno -es que en nuestra ciudad el verano y el invierno son impredecibles y sólo puede saberse si llueve y hace frío o si no llueve y hace calor- fuimos los cuatro inseparables amigos. En esa casa, encontramos de todo, desde un álbum con fotos de muertos sentados en mesas de comedor con toda su familia, hasta una moneda con un águila que parecía muy vieja de lo oxidada. A pesar de que han pasado más de dos décadas, aún guardo la esperanza de que un día cercano seré millonaria, pienso que es una joya para un coleccionista, pues tengo en mis manos el primer centavo de dolar que ha llegado a un pueblo de un pequeño país latino en 1884. Ahora que lo pienso, iré a buscarlo de nuevo pues hace bastante que no le echo un vistazo.

 

María Estefanía se fue del barrio al terminar ese verano, sus padres eran ingenieros de petróleo y la empresa para la que trabajaban abrió otro pozo en otra parte -eso nos dijo- por lo tanto, nuestra amistad resultó durar el tiempo exacto para ser inolvidable. Lucía, Julián y yo, la despedimos con una fiesta sorpresa en esa última casa, fue una tarde de miércoles con colombinas, gaseosa y revistas de Mafalda y Condorito. Mi mamá me prestó la cámara de fotos para tener el retrato de nuestra gran amistad. María Estefanía no se sorprendió mucho por nuestra fiesta, ya estaba acostumbrada a amistades cortas y parciales, pero esta vez fue diferente pues hasta ese día, Lucía y yo nos enteramos que Julián y ella se habían enamorado. Julián le había llevado un gran ramo de flores -lo había leído en una de las revistas de Condorito que cuando este visitaba a Yayita, él mismo sacaba las flores del jardín de ella y le decía que el las había comprado, en una ocasión especial aprovecho y les puso un moño para parecer más sofisticado- el día anterior y le pidió de rodillas que no se fuera de la ciudad, que él mismo le pediría a su Mamá que la dejara quedarse con ellos. María Estefanía no pudo más que responderle con un llanto profundo e incontenible y con una voz entrecortada le suplicó que no le dijera nada a nadie, que si su Papá se enteraba no la dejaría salir a jugar más y mucho menos la dejaría ir a la fiesta de despedida. Así se lo prometió Julián, sin embargo, cuando salió de la casa de María Estefanía llegó a mi casa y nada más abrirle la puerta se lanzó a mis brazos y me contó todo lo que le pasaba. Por eso fue que mi mamá nos prestó la cámara de fotos, para que al menos Julián pudiera verla a ella todos los días de su vida, a pesar de la distancia.

 

Tuvimos una fiesta de despedida muy linda. María Estefanía nos regaló entradas para cine y nosotros le escribimos una gran tarjeta con nuestros mejores deseos. Julián y ella siguieron en contacto por medio de cartas y telegramas, pero al cabo de un año y medio, las cartas de María Estefanía comenzaron a ser menos frecuentes y más cortas. Poco ya empezábamos a saber de ella, más bien se repetían los mismos saludos y estados, más bien parecían fotocopias de la última carta y remendadas con cartas anteriores. Pasado un año y ya un poco más grandes, Julián ya alcanzaba los dieciséis y yo los diecisiete, le pedimos a mi Mamá de hacer un viaje para visitar de sorpresa a María Estefanía. A mi Mamá no le pareció buena idea lo de ir de sorpresa, pero igual lo hicimos, hacía tiempo que no nos íbamos de viaje y Julián era como de la familia.

 

Empacamos poco, ya que nos íbamos por algunos días. Viajamos casi 600 km hasta que llegamos a su casa. Recuerdo que estábamos muy ansiosos y entusiasmados también. Julián tenía su corazón a mil, aún seguía enamorado de ella y ya un año atrás, se habían hecho la promesa de terminar la secundaria y viajar a encontrarse de nuevo en la misma universidad, ya nada ni nadie podría separarlos. Al llegar a su casa, nos abrió la puerta una mujer muy mayor, con su rostro un poco alargado y triste, vestía ropas negras. Sin esperar a las normas de cortesía y halagos distintos, preguntamos al unísono por María Estefanía. Esa señora nos miró de arriba abajo de un sólo vistazo y preguntó si éramos amigos de ella. Cuando le mencioné nuestros nombres, enseguida nos invito pasar a la sala de su casa y nos dijo que en un momento María Claudia -la mamá de María Estefanía- nos atendería. Pude advertir que sus ojos cambiaron, y si antes parecían tristes, ya no me quedaba duda de su tristeza. Se enrojecieron y comenzaron a brillar más, como si estuviera a punto de llorar. Tomé la mano de Julián y la apreté con fuerza. Lo lleve a sentarse a mi lado en un gran sofá y presentí que nada bueno nos esperaba.

 

María Claudia apareció en la sala, también vestía de negro y en sus manos nos traía una pequeña caja adornada con papeles de colores y unas cintas, del mismo color de la cinta que amarraba las flores que Julián le había regalado el día de la despedida. Nos contó del último año, y en especial, nos dijo que todos tenían fe de que su enfermedad daría paso a la mejoría luego de los múltiples tratamientos a los que se había sometido los últimos cinco años. Nos enteramos también que sus padres no eran ingenieros, su mami era maestra de escuela retirada y su padre era un destacado cardiólogo. Nunca nos quiso hablar de su enfermedad. El último año, estuvo sufriendo mucho y esto coincidió con el estilo de escritura que acompañaba sus cartas. Las últimas fueron escritas por María Claudia, por eso parecían fotocopias. Julián llevaba en su mano, la última foto que tomamos de los cuatro, aquel día de la despedida. Sin derramar una lagrima, camino hacia María Claudia, le dio un gran abrazo y le entregó la foto que pensaba dar a su eterno amor. Me miró firmemente, sonrió y con su voz de caballero adolescente me invitó a salir de esa casa. Nos despedimos con mucha tristeza, pero no quisimos preguntar nada más.

 

Julián y yo seguimos juntos, con el tiempo, a veces los mejores amigos como él y yo, nos convertimos en seres inseparables. Crecimos como todos, fuimos a diferentes universidades, y luego de unos años, me traslade a la ciudad a la que él iba a estudiar, me convertí en su novia, pero nunca dejamos de querer a María Estefanía. En nuestra mesa de portarretratos siempre está la foto de los cuatro, posando con una sonrisa eterna mientras Julián mira de reojo la colombina de fresa que Lucía había robado de la dulcera, y que nos había dicho, se había caído en uno de los rincones de su casa, de esa casa deshabitada en la que vivimos esas dos semanas del verano más inolvidable.

 


 

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Por  Carol J. Angel


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