Esta es una hermosa carta de despedida

Edición: BP||Directorio     Modelo: Eli Luna || Fotografía: @CarolJAngel
Redacción: Irene Jimenez Garcia
He llorado mucho escribiendo esta historia que te envío hoy, pero espero que cuando Emma la lea se sienta feliz al darse cuenta de que el amor que Antonio y ella han tenido estará siempre en el corazón de todos los que tenemos la suerte de conocerlos.
Emma es una señora de 85 años a la que en mi familia todos llamamos “tía Emma” por la relación tan estrecha que han tenido ella y su marido con mis abuelos. Es una mujer menuda, elegante, y encantadora. Siempre tiene una sonrisa en la cara, y es tan cariñosa y agradable que tomar un café con ella se convierte en una tarde entera de rememorar historias. 
 
Hace unos años se quedó viuda. Su marido, Antonio, era un hombre grande, corpulento, y con un gran sentido del humor. Emma sigue tan enamorada de él como el día en que se casaron, como desde que se conocieron, como lo ha estado toda la vida. Ahora que Antonio no está, no puede dormir por las noches porque no pueden cogerse de la mano. 

Querido Antonio:

Tras 62 años de matrimonio, y 3 de noviazgo, te has ido sin que podamos despedirnos.

Tu partida ha sido tan fulminante e inesperada que no he podido siquiera decirte un “te quiero”. Y a mis 85 años, Antonio, te quiero como el día en que nos conocimos, te quiero como el día de nuestra boda, te quiero tanto como cuando luchábamos contra viento y marea por nuestro amor, te quiero igual que cuando nacieron cada uno de nuestros hijos, te sigo queriendo como cuando celebramos nuestros 25 años de casados y las bodas de oro, a los 50, y te querré hasta la tumba, cuando volvamos a reunirnos en el cielo y vuelvas a cogerme de la mano.

Me has dejado sola con tus recuerdos.

En una casa vacía, sin hijos ya, y sin nietos pequeños que vengan a inundar de vida estas paredes. Una casa que está llena de ti, de fotos nuestras, de tus libros, de tu ropa, de tu taza del café y tu maquinilla de afeitar. Paso las tardes releyendo cada una de las cartas que nos enviábamos cuando nos hicimos novios, ¿lo recuerdas? Yo en una punta del país y tu en la otra, y te enamoraste de mi al verme en una foto con una amiga, la novia de tu amigo.

¿Cómo supiste, solamente con verme en esa imagen, que yo era la mujer de tu vida?

Aún me río al recordar el circo que se montó en mi casa cuando llegó tu primera carta. Mis padres, con lo estrictos que eran, no veían con buenos ojos esa correspondencia nuestra, pero mi madre suavizó la situación, creyendo que se trataría solamente de un pasatiempo pasajero, que conocería a algún buen chico de la zona. Pero tú ya te habías propuesto pasar el resto de tu vida conmigo, y lo has cumplido, querido Antonio.

Hemos tenido mucho en contra, y hemos luchado contra todo por un amor sincero, de los que duran para siempre. Como cuando nos casamos y nos fuimos a vivir a casa de tus padres porque no teníamos dónde caer, pobrecitos nosotros. ¡Con el mal carácter que tenía tu madre! Ahora me río cuando pienso en aquellas mañanas en las que entraba en nuestro cuarto muy temprano para despertarme y decirme que estaba en pecado, que tenía que ir a misa. Que era cada día, porque como recién casados que éramos nos dejábamos llevar por la pasión cada noche en aquella cama ruidosa que escandalizaba a mi suegra, que en paz descanse. Tu padre en cambio, me quiso desde el momento en que me vio aparecer de tu brazo, era todo corazón y nobleza, y su felicidad era vernos felices a nosotros. Podemos tener la conciencia tranquila porque hemos sido muy felices, nos sobraba amor, y con eso nos bastaba.

Cuatro hijos después, y muchos nietos, nos hemos seguido amando como desde el principio. Te has ido y me has dejado aquí tan enamorada de ti, con el corazón roto en mil pedazos. Antonio…

Y es que en toda una vida, que es lo que hemos pasado juntos, no ha habido un día en que no hayas sido un galante caballero conmigo. Siempre de tu brazo, me has llevado a recorrer el mundo. Jamás has tenido un mal gesto conmigo, y hasta el último de tus días tenías esos detalles de cederme el paso al cruzarnos en el pasillo, y levantarte el primero cada domingo para prepararme mi café. Ni siquiera hemos tenido discusiones serias. Era imposible contigo, con tu sentido del humor, siempre con una sonrisa en la cara y una carcajada que brotaba con tanta facilidad…

Recuerdo algunas noches en las que yo me iba a la cama molesta, y aunque nos hubiésemos enfadado, tú me decías que te daba igual, que podía seguir estándolo si quería, pero que te diese la mano para dormir. No podías dormirte si no estábamos cogidos de la mano. Y ahora la cama se me hace demasiado grande y fría sin ti, Antonio.

A mi edad, Antonio, el día que me vaya de este mundo, lo haré feliz, porque he amado como en las grandes historias de amor, porque te he querido y te quiero hasta mi último aliento, y porque sé que estés donde estés, me esperas para que pasemos juntos la eternidad.

Y entonces, querido Antonio, no volveré a soltarte de la mano.

Siempre tuya,

Emma.

 

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