Réquiem por un Suicidio

Artículo Narrativo No.013 – 15 de diciembre de 2022

Por Kominsky*

No me resulto ajeno cuando me avisaron que había muerto, sino el cómo. Se había suicidado.

En el estéril ejercicio de racionalizar lo incomprensible me vino a la mente Darnauchans en “Ni siquiera las flores”,

No maldigas del alma que se ausenta
Dejando la memoria del suicida
Quién sabe qué oleajes, qué tormentas
Lo alejaron de las playas de la vida….

Yo lo recordaba como a un toro en la arena, incapaz de dimensionar el peligro al que estaba expuesto, pero intuitivo en el afán de supervivencia.

De inteligencia superlativa, espíritu inquieto capaz de transformar una superflua conversación en una aguda declaración de principios, me doblaba en edad en ese trecho de formación en la vida, pretensión y sumisión ante el intelecto subyugante.

Llevaba años sin verlo, desconozco que sucedió, ignoro argumentos o impulso que puedan empujar a un ser humano -solido al subestimar los caminos que desembocan en la finitud- cruzar ese umbral hacia la incertidumbre.

Probablemente es más dolorosa la incertidumbre que depara la vida que aquella que no padecerás al perecer.

Lo conocí en un pueblo del interior de Brasil donde las interacciones humanas entre semana no sobrepasaban la sonrisa y el brazo en alto, una etapa en mi vida en la cual crear un vínculo era un acto por conservar la cordura.

Al inicio coincidíamos en el bar del pueblo día por medio, no sé si esa era su frecuencia o si mi ausencia de los por medio no permitía corroborar su fidelidad parroquiana.

El caso que empezamos a llenar esos espacios fuera del bar con encuentros en su taller, “El Polaco” -así lo conocían ya que cada vez que se presentaba argumentaba “Pintor discípulo de Pollock, pero más talentoso que su mentor”– era un ser tan seguro de sí mismo como volátil al momento de comprometerse a algo. Vivía de eso, siempre repetía que pintaba para sí mismo y no para los demás, por lo que cada vez que le llegaba un encargo, esgrimía un sin número de excusas para no aceptar lo que él llamaba “la prostitución artística”.

Vendía sus obras los fines de semana a la llegada de turistas curiosos influidos por el entusiasmo del ocio, veían en este loco apasionado una bocanada de libertad en aquel recóndito retazo de tierra.

Un artista no es aquel que logra el reconocimiento público como única arma de trascendencia, y eso yo lo tenía muy claro en el proceso y mundo paralelo de “El Polaco”, el talento emergía en sus obras de manera dominante, aunque mi conocimiento pictórico fuera nulo, hay un componente que elude a todo ello y es lo que provoca en el otro. En sus divagues y madrugadas soltaba reflexiones que me ayudaban a entender esa confusión, “el arte es conmover, yo escucho a Stravinsky y no entiendo que hace ni como lo hace, pero me conmueve, eso es el talento, eso es el arte”.

Era consecuente, si accedías a la cúspide de su atención y soportabas el ritmo desordenado y su estructura, hacías parte de su proceso creativo, rompía en mil pedazos el introspectivo circulo fecundo, te contagiaba su desenfrenada cerrera detrás de la genialidad, el instante imperceptible donde se diferencia el hacer de la inspiración.

Una de tantas noches, llegue a su estudio, estaba inquieto, caminaba de un lugar a otro entre canvas, mezclas de pintura, pinceles y cigarros armados a mano a medio fumar, sostenía un vaso con ron y algo de hielo. Siempre puertas abiertas y el tocadiscos sonando Bossa Nova, “por si el espíritu de Vinicius decide aparecer”. Masticaba palabras incomprensibles hasta que alzo la voz, “sentate y no hables”, se movía rápido, centrado en un lienzo de dimensiones considerables, lo observaba desde un costado y se movía hacia el otro, se alejaba por el centro y se acercaba solo para lanzar un golpe seco de algún color dictado por su trance. Era tan delgado que no precisaba esquivar posibles obstáculos para moverse con agilidad, su nivel de concentración cortaba el aire en pedazos, protestaba, gesticulaba y volvía a su centro.

Estuvimos así por horas, yo en mi rol de silencio contemplativo y él en su universo caótico, hasta que con un movimiento intempestivo detuvo todo ejercicio y estímulo, apago su cigarro ahogándolo en su vaso de ron y sin hacer contacto visual cerró la noche, “te veo mañana”.

Me fui pateando preguntas, nos volvimos a encontrar, la energía del lugar había cambiado, así como el lienzo que soportaba el viejo trípode, era otra pintura, otros colores, una especie de transfiguración hacia el estímulo en generar otra luz sobre lo creativo.

Allí estaba, ese era él, transformando el tiempo y espacio a su favor, redireccionando hasta aquello que ni él mismo tenía control o conocimiento, yo había llegado con todas las preguntas ensayadas acerca de la introspección creativa y la abstracción del entorno. Hasta del fracaso.

Pero el tiempo y el espacio ya no eran los mismos.

Decía Cioran acerca de los filósofos, “hay un momento de prestigio para los filósofos, cuando se sienten solos con todo el conocimiento. Solo un fúnebre esplendor puede todavía volver vivas las ideas.

Dios es el modo más favorable de prescindir de la vida”.

Y así fue.


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*Kominsky, nacido en Uruguay lector, articulista y narrador de raíces profundas en lo etérico. Ecléctico como pocos, comparte su punto de vista con nuestros contenidos.

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