Casa de putas

Edición: Psicóloga Carolina Guzmán Sánchez ||Encuentrame en Doctoralia 
Fotografía: Carolina Guzmán “Alias”Carol J Angel

 

Martina dejó la escuela porque no entendía para qué le iba a servir a ella en su vida hacer divisiones con decimales o conjugar los verbos irregulares. Era tiempo que estaba perdiendo…

 

Hace ya catorce años que Martina llegó al país.

Martina es menuda, morena de piel, con las manos fuertes, y una melena larga y negra que le cae rizada hasta la mitad de la espalda. Tiene 29 años, pero en su cara se puede leer que el tiempo y lo vivido han dejado mella en ella, que no es una mujer más que a esa edad persigue y alcanza sus sueños de juventud.

Martina nació en una zona deprimida del sur del continente. En una barriada sin agua corriente ni luz. Sin saneamiento para los desagües en las calles sin asfaltar que en invierno se convertían en un lodazal tras las lluvias. Allí, a la luz de la vela de la única habitación de la casa, Martina aprendió a escribir su nombre en silencio para no despertar a ninguno de los tres hermanos pequeños que dormían en torno a su madre en el suelo de la estancia. Su padre hacía tiempo que las había abandonado, pero para lo que estaba en casa, casi mejor así.

Martina veía en revistas y periódicos por la calle que había chicas que gastaban mucho dinero en bolsos, que acudían a fiestas, que se cambiaban el peinado y se maquillaban para salir a sitios lujosos subidas en zapatos de tacón alto. Un mundo que a ella le resultaba tan borroso como imposible de alcanzar.

¿Para qué quería una persona pagar por un bolso tanto dinero como para que su familia viviese durante un año?

Con el tiempo, Martina fue encontrando esa respuesta.

Cuando se le rompían los zapatos y le calaba el agua de los charcos de la calle, se quedaba mirando a las niñas que calzaban botas de agua para correr bajo la lluvia. Al pasar por las terrazas de los restaurantes de la ciudad, el olor de comidas deliciosas hacía rugir su estómago. Y tenía que compartir la única muñeca de la casa, hecha de trapo ajado por los años, con sus hermanas más pequeñas.

Cuando tuvo edad para razonar por sí misma, Martina decidió que ya era tiempo de dejar de fantasear con lo que le gustaría tener, y empezar a trabajar para ello.

Martina dejó la escuela porque no entendía para qué le iba a servir a ella en su vida hacer divisiones con decimales o conjugar los verbos irregulares. Era tiempo que estaba perdiendo.

Martina dejó su casa sin decir adiós, y con una breve nota en la mesa se despidió de su madre y sus hermanos. “Me voy a vivir”.

Martina dejó atrás su barriada pobre de la ciudad al sur del continente, y se fue andando en dirección al norte cargada de sueños.

La inocente Martina había visto en revistas de la basura que chicas como ella de joven, ya eran cantantes famosas que viajaban alrededor del mundo, o modelos que lucían vestidos lujosos y llevaban un tren de vida lleno de excesos. Y Martina quería probar la vida del lujo, después de haber nacido en la de la pobreza.

Martina se detuvo a descansar en su primera parada tras haber caminado unos 60 kilómetros seguidos. Las fuerzas empezaban a fallarle, y el hambre la detuvo. Se acercó a varias personas buscando algo que comer, se le había ocurrido cambiar servicios: comida por cuidar a los niños, por barrer el suelo de la casa, por hacer los recados. Y así poder seguir viajando hacia el norte hasta alguna de esas glamurosas ciudades que apenas sabía ubicar en un mapa.

Esa noche, Martina durmió a la intemperie, y con la barriga vacía. Pero ella no se detuvo.

Martina siguió con su aventura, convencida como estaba de que ella podría ser descubierta por algún importante productor musical o diseñador de moda que la lanzaría a lo más alto del firmamento.

Tras varios días sin apenas probar bocado más allá de lo que encontraba por el suelo, y durmiendo en la calle, Martina empezó a robar. Entraba en tiendas preguntando si podía usar el baño, y disimuladamente se guardaba chocolatinas y galletas entre la ropa.

Localizaba casas vacías y buscaba la forma de colarse dentro para asaltar la despensa y lo que encontrase de valor en ellas.

Martina se convirtió en una ratera. Y encontró a más gente como ella.

Las malas compañías de Martina le dijeron que había una forma de llegar al norte, a esas ciudades con las que ella fantaseaba. Pero que ese viaje costaba dinero.

Martina no tenía nada que vender. Salvo su cuerpo.

Con apenas catorce años, Martina empezó a prostituirse. Muchos hombres la solicitaban al verla tan joven, con su inocente carita, su cuerpo terso, y sus incipientes pechos turgentes. No fue fácil para ella. Le dolía lo que esos hombres le hacían a su cuerpo. A veces le pegaban, o no querían pagarle después de utilizarla.

En menos de un año, Martina ahorró el dinero suficiente para emprender el viaje. Con mucho miedo, empacó algo de comida y un abrigo, y en mitad de la noche se subió a un vehículo que debía llevarla hacia su tierra prometida. El día que cumplía quince años, la encerraron en un cuartucho lleno de cucarachas, y le dijeron que desde ese momento, ella pertenecía a la organización.

Durante mucho tiempo, Martina fue prostituida durante el día, y golpeada durante la noche. Días, semanas, meses y años pasaron sin que Martina fuese consciente del tiempo. Vivía en una oscura nebulosa de tortura.

Un día, la puerta del cuartucho donde vivía Martina se abrió de golpe. Se escuchaban voces y gente corriendo, ella no entendía qué pasaba. La policía había desarticulado una banda organizada de explotación y trata de mujeres, dirían la televisión y los diarios. La sacaron de allí, la llevaron a un hospital para hacerle pruebas, y después le dieron una habitación en una especie de albergue donde podía ducharse y dormir en una cama limpia y sola.

 

Y después de catorce años en el país sin haber salido casi del prostíbulo donde la retenían, la policía le preguntó a Martina su dirección para devolverla a casa.

 

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