El Código de los Angeles

Continua leyendo 1/7 de esta historia real que nos conmueve y nos lleva a pensar en el verdadero significado del amor.

Por Angélica Villalba**

El código de los ángeles: Y ella cerró los ojos, mientras su cuerpo se apagaba lentamente. Yo estaba parada ahí, a su lado, viéndola morir, sin poder hacer nada, sin aplacar su dolor.

 

Sexta Parte 

Su mirada era de tristeza, sentía que la vida se le escapaba, pero ella no quería dejarla ir. En pocos días cumpliría 56 años, era muy joven. Siempre pensó que enterraría a su esposo y se había preparado para darle el último adios al viejo, como le decía. El destino le tendía una irónica trampa .

Cristina llegó a su habitación y comenzó a alistar todo para bañarla. Hoy no me quiero bañar . Y es que tenía una razón poderosa para evitar entrar a esa ducha. La sensación de estar desnuda, sin que nada cubriera esos 40 kilos, de un cuerpo al que le faltaban fuerzas para mantenerse erguido. El tumor estaba hacia la parte derecha de su cabeza, y por una extraña razón hacía que se inclinara hacia el otro lado, también estaba paralizada.

¿Y es que quien podría imaginarse que de la noche de la mañana, ese rostro y ese cuerpo objeto del deseo, se convirtiera con el paso de los años o de la enfermedad en una caja marchita, de donde el alma se quiere escapar?

Pero no había lugar a una fuga, estaba ahí sola sin poder moverse. Cristina la alzó con una fuerza inimaginable. Ese cuerpo deteriorado pesaba más que las penas de un moribundo. La vistió, la peinó y le puso la pijama para que se viera coqueta como siempre.  Virginia cerró los ojos y soñó con vestirse de gala, con esos abrigos que tanto le gustaban.

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Ángela caminaba por las calles buscando la dirección de un eminente neurocirujano que le habían recomendado para que leyera la biopsia, ese examen, que le roba al paciente,  un poquito del cuerpo  y que revela lo que tiene realmente, bueno eso es lo que dicen los médicos.  Ella  había recolectado dinero para pagar esta cita, simplemente porque le gustaba saber la verdad de primera mano, para tal vez lograr conseguir una respuesta, que evitara el dolor a su madre.

Por fin llegó, timbró. Buenas tardes, ¿es usted el doctor Martín?, vengo recomendada del doctor Cárdenas, él me dijo que usted… claro mija pasé. No se preocupe. Ya me contaron su caso, déjeme ver los resultados de la biopsia y del tac de contraste.

Ángela temblaba como una gelatina, no por el miedo, sino porque quería conocer  la verdad. Quería saber si podía conservar la esperanza, observaba a Martín para adivinar la respuesta. Pero no, ese doctor no tenía expresión, nada.

Luego se paró a buscar un libro, y se lo pasó. Ella lo recibió sorprendida y le dijo mire la página 320. Habían muchas fotos con tumores, pero en realidad no distinguía nada. Él señaló una fotografía.

Se le paralizó el cuerpo, por fin veía al enemigo, al asesino sin rostro que le estaba cambiando la vida. Era una cabeza partida a la mitad por una bola misteriosa. La línea que separa los dos hemisferios del cerebro estaba torcida. Y ella no lo soportó, sus manos temblaron. Al fin lo entendió.

Mire señorita. No le quiero darle falsas esperanzas, la clase de ese tumor es  muy maligno, no me cabe duda que en poco tiempo volverá a crecer, bla,  bla, bla. Ella no lo podía escuchar. Sus pensamientos iban y venían sin control. Recordó a esa enfermera diciéndole: es una crisis depresiva, dele activan y listo, cuando internaron  a Virginia, por primera vez.

Luego, Ángela escuchaba en su mente las voces de los doctores:  es un derrame, no es cáncer, su mamá se va a sanar, no…ella simplemente va a morir.

Se puso de pie como pudo, sus mejillas estaban tan pálidas que Martín le preguntó si quería una aromática. No gracias, me tengo que ir. Salió lo más rápido que pudo, y caminó por calles sin rumbo fijo, lloró, maldijo y otra vez, lloró.

Unos chicos con un cuchillo se acercaron para robarla, pero era tanta su tristeza que uno de ellos le dijo: ¿se siente bien?, Ángela no los miró, fue su alma la que los vio a los ojos y ellos se alejaron tal vez porque tuvieron miedo de que ese dolor fuera contagioso.

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Virginia llegó a casa, pero no era la misma. Su lado izquierdo no respondía a sus órdenes, sentía que su brazo le colgaba del hombro, su pierna era un adorno. ¿De dónde sacar fuerzas, cuando el cuerpo te abandona a tu suerte? Pensaba. Tal vez debí irme el día de la cirugía, pero no. Aquí estoy sentada, atrapada en este cuerpo que late sólo por instinto, quiero irme, pero…  ¿y el viejo?, ¿será que estas niñas no me lo abandonan?, Dios que debo hacer.

En ese instante, llegaron sus hijas a cambiarle el pañal.  No puede haber algo más deprimente que depender de otras personas para algo tan básico, y luego las visitas, y es que Virginia no quería que la vieran así: derrotada, inválida, acompañada pero sola en su martirio.

Ya no quería hablar, tenía llagas en su cuerpo, su alma quería escapar, ¿dónde carajos están los ángeles? ¿dónde está Dios?, y luego el silencio. No podía pensar cuando el dolor llegaba. Era un torbellino de emociones sin sentido, las noches ya no eran noches, los días eran una tortura, comer era imposible, porque vomitaba al instante. ¡Para qué una vida así! Ella les quería decir a sus hijas no recen más por mí, pero luego pensaba que van a hacer si mí.

La familia trataba de ser optimista. Todos  cocinaban, le cambiaban los pañales, rezaban para que se obrara un milagro, pero el cáncer es así, se pega al cuerpo como un parásito que ya se siente el amo y señor. A los 20 días de la cirugía, el tumor estaba más grande y fuerte, latía con vida propia. No hay nada más qué hacer: la quimioterapia es la solución. (Continuará…)

 


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Virginia Carrero de Villamarin.jpg


**Acerca de Angélica Villalba: Periodista. Nuestra redactora de eventos y Boletines de prensa con su emprendimiento Prensa Efectiva. Angie ha participado como productora de contenidos para televisión en diferentes canales. Canal Uno con ‘En Las Mañanas Con Uno’ es su gran orgullo. AVC Es una sensible jugadora del buen ánimo de quienes le rodean. No se rinde hasta sacarte una sonrisa del corazón. Y no para de misionar con “buscando ser libre” E-mail:  angelikvillalba@yahoo.com

 


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