Maldita ternura mía

Edición: BP||Directorio
Redacción: Ana Pérez Sánchez  Linkedin Facebook

 

Hay días que vuelvo a nuestra habitación, justo antes de salir de casa, hay días que lucho contra mis ganas de volver a meterme en la cama, a ese calor que tan bien conozco y al que sigo acercándome temeroso; a veces me dan ganas de despertarla, de tirarle de los pelos, de sacarla a rastras…

 

Al despertar y salir de la habitación he recordado que anoche, mientras hacíamos como que soñábamos, nevó como nunca lo había hecho hasta donde llega mi memoria. Pero ésta mañana, de repente, se ha vuelto a ir el frío, y ahora todo ha quedado en unos cuantos charcos sucios sobre las aceras de la calle y pisadas en los pasillos del bloque donde vivimos.

La alegría de ayer, la nieve cayendo donde siempre reina el sol, contrasta con el agua sucia de hoy, como el fulgor de una fiesta de celebración con los platos sucios de después. Como el deseo de antes y la apatía de acto seguido.

Las muchachas con sus labios rojos de los viernes por la noche y las mismas muchachas con los ojos y la boca borrosos el sábado temprano.

Ayer todo blanco y hoy de vuelta al anodino gris…

He salido de la habitación y ella seguía durmiendo en su parte de la cama, en la esquina superior derecha a la que yo llevo años sin ser invitado. Intento hacer el menor ruido posible, como siempre, si hay algo peor que madrugar un miércoles como el de hoy es tener que cruzarme con su mirada desafiante antes del café con magdalenas.

Es curioso como uno va cambiando… Como cambiamos todos, como cambia el mundo, hasta el punto de convertir a las personas cercanas en completos extraños y acercarnos a los opuestos hasta que da miedo.

Hay días que vuelvo a nuestra habitación, justo antes de salir de casa, hay días que lucho contra mis ganas de volver a meterme en la cama, a ese calor que tan bien conozco y al que sigo acercándome temeroso; a veces me dan ganas de despertarla, de tirarle de los pelos, de sacarla a rastras… Yo soy un hombre, su apatía no debería incomodarme, mi fuerza debería sumar mas que ésta raquítica ternura que alimento.

No sé, supongo que sólo quiero asegurarme de que sigue viva, que siente y padece como yo, de que aún me quiere… Pero sí por algo destacan mis ganas no es por persistentes, así que hoy, igual que siempre, la despierto a la vez que le digo adiós con mi portazo a medio gas. Porque las ganas de echar la puerta abajo también me las guardo para mi.

Total, yo nunca he sido un hombre de fuertes pasiones.

En la calle, con el frío que yo creía que había huido estirándome la cara, recuerdo el calor de las sábanas, recuerdo el tacto de la que ahora remolonea entre ellas…

Es curioso como la memoria salva del destierro algunas cosas.

Yo no puedo olvidarme de su tacto, ni la tierna suavidad de los lóbulos de sus pequeñas orejas. Aunque a veces me cueste recordar hasta su cara. Se me eriza la piel, me encantaría extirparme la sesera en momentos como éste, aprieto el paso para intentar perder de vista a mi propia debilidad que, como una sombra, vive pegada a mis talones.

Por fin llego al trabajo.

Aquí estoy a salvo, no está ella y no podemos hacernos daño.

Ya no siento nada.

Será cosa del frío… Me encanta el invierno.


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Por  Ana Perez Sánchez


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